Archive for May, 2012

De Mandalay a Bagan en barco (22.01.12)

El tercer día en Mandalay amanecí mala. Era la primera vez que estaba enferma en los casi tres meses que llevábamos viajando y me dio mucha rabia porque mi intención era no ponerme mala en todo el viaje, jajaja :o) La verdad es que estar malo es una faena…no tienes energía, te duele todo, el tiempo pasa super lento…En mi caso, me subió la fiebre, tenía flojera, vómitos y diarrea. Iván decidió quedarse conmigo en el hotel mientras que Ali y Gonzalo se fueron con la moto y acordamos vernos al atardecer en el puente de Amarapura. Por la tarde ya me encontraba mejor y al día siguiente ya casi estaba bien…pero entonces cayeron Iván y Alicia. Alicia tuvo algo de fiebre durante la noche, pero afortunadamente no tuvo problemas de estómago, al menos ese día… A Iván le pegó bastante fuerte y tuvo que estar visitando el baño toda la noche, así que por la mañana el pobre no tenía energías para nada.

Marionetas birmanas en el teatro de marionetas de Mandalay

Así estaban las cosas cuando cogimos el taxi a las cuatro y pico de la mañana rumbo al puerto. Ese día era el día del viaje en barco desde Mandalay a Bagan, una ruta de aproximadamente 200 Km por el río Irrawady, que tarda unas 15 horas, de cinco de la mañana a ocho de la tarde. El barco que nosotros cogimos era el “slowboat”, el barco que utilizan los locales principalmente porque es muy barato y se puede llevar bastante mercancía. El concepto del tiempo en muchos países asiáticos es bastante diferente al nuestro. Allí las prisas no existen y es bastante normal que ir de A a B te lleve un día entero. También hay un barco turístico, el cual “sólo” tarda 8 horas, ya que no para en todos los pueblecitos, pero como para nosotros la experiencia era el viaje en barco en sí, decidimos coger el barco local y tomarnos el día relajadamente, disfrutando de las vistas del río y de la compañía de los birmanos.

Niña birmana pintando en el barco de Mandalay a Bagan

Aún era de noche cuando llegamos al puerto y entramos en el barco. Nos dirigimos hacia el segundo piso, e intentamos coger sitio en unas sillas de plástico que había en la proa del barco. Allí se amontonaban todos los turistas, mientras que los locales se acomodaban como podían en el suelo del barco. Al final decidimos coger un par de sillas y ponernos entre los birmanos, en vez de en el guetto turista, y como todavía era de noche, nos quedamos medio dormidos bajo las mantas y los sacos…

Al rato la luminosidad nos empezó a despertar, y al abrir los ojos quedamos impresionados ante el increíble amanecer que teníamos frente a nosotros. El sol era una bola de fuego de un rojo imposible, que reflejado en las apacibles aguas del Irrawady creaba una imagen fascinante…

Amanecer en el río Irrawady, barco de Mandalay a Bagan

Con la luz, la gente se empezó a desperezar y el ambiente a bordo fue animando. La gente conversaba, comía, reía, pero sobretodo, nos miraban con mucha curiosidad y si les sonreías, siempre te devolvían la sonrisa. En seguida nos sentimos a gusto en el barco…

Ambiente relajado en el barco de Mandalay a Bagan

Iván durmió gran parte del día, porque todavía se encontraba mal, mientras que Gonzalo, Alicia y yo nos pasamos las horas leyendo, hablando, mirando el paisaje y sobretodo, observando la propia actividad del barco, que nos mantenía bien entretenidos. De cuando en cuando, el barco paraba en pequeños pueblos, donde los vendedores de comida esperaban ansiosos su turno para subir a bordo y vender sus mercancías. Muchos volvían a bajar antes de que el barco zapara, pero algunos de ellos se quedaban en el barco, porque su aldea era río abajo, y mientras estaban en el barco aprovechaban a vender algo de fruta, bizcochos o fritos…

Vendedores de comida listos para subir al barco

Vendedora de fritos a bordo

Yo cogí un cariño especial a una de estas mujeres, de la que desafortunadamente no conservo ninguna foto, pero con la que estuve hablando bastantes ratos durante todo el día. Me contó que estaba separada porque su marido le maltrataba y que hacía este viaje -Mandalay-Bagan y viceversa- dos veces por semana, para mantener a sus hijos. Al final del día, tendría que dormir en el suelo de la cubierta del barco, junto con las otras vendedoras de comida. Era una mujer encantadora, que pese a su dura situación personal estaba de buen humor, bromeando con las otras vendedoras y con nosotros. Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo… Al final del día le compramos parte de la mercancía que le quedaba, pero aún así nos regaló un bizcocho, un gesto más de esta gente que no tiene nada suyo. No puedo más que alabar la generosidad de la gente en Birmania…

Niña birmana en el barco de Mandalay a Bagan

Justo en frente de donde estábamos sentados había un grupo de mujeres de mediana edad, junto con una chica más joven y su hijo de un añito o así. Las mujeres no paraban de mirarnos con curiosidad y de sonreírnos, y en seguida empezamos a intentar hablar con ellas por medio de gestos. Cuando los primeros vendedores llegaron, ellas compraron comida preparada, mazorcas de maíz y plátanos. Nosotros no nos atrevimos a comprar nada porque aún no nos encontrábamos muy bien, pero las mujeres insistieron y nos dieron plátanos y maíz a todos. Era increíble la generosidad de esta gente.

Al rato, Alicia sacó su cuaderno de dibujo y comenzó a pintar a estas mujeres. Al principio ellas no se enteraron, pero luego se dieron cuenta de que eran ellas las modelos que Alicia estaba pintando, y era muy gracioso ver cómo se ruborizaban y cómo se reían, porque en el fondo estaban encantadas!

Las modelos de Alicia

Cuando Ali acabó el dibujo, se levantó y se lo enseñó a las señoras, que no podían aguantar la risa! Alicia les explicó que el dibujo era un regalo para ellas, y yo creo que, por la cara de alegría que pusieron, les hizo mucha ilusión un regalo tan especial.

Alicia con el dibujo terminado

Alicia mostrando su dibujo terminado a las señoras. Ellas no podían parar de reir!

La artista con las modelos, mostrando su dibujo satisfechas

A media tarde, Alicia y yo charlábamos en la cubierta, cuando una señora se nos acercó, se agachó y en voz baja, nos hizo la proposición más indecente que hasta entonces nos habían hecho en Birmania. Lo que nos dijo fue “os apetecería un masaje?”. Ali y yo nos miramos, e inmediatamente pensamos: “pues claro!”. Después de negociar un poco el precio con la señora, nos trasladamos a su “zona de operaciones”, que era simplemente una pila de sacos para apoyar la cabeza y una mantita para el cuerpo.

Masajista de nuestro barco concentrada en la cabeza de Alicia

El masaje mereció muchísimo la pena, no sólo porque ayudaba a la señora a ganarse unos kyats, sino porque lo hacía verdaderamente bien! Ejercía una técnica que consistía en ejercer puntos de presión en las distintas zonas del cuerpo: pies, piernas, brazos, manos, cabeza…simplemente apretando, sin masajear propiamente dicho. Sea como fuere, el masaje nos sentó de maravilla y la señora también quedó muy contenta.

Señora masajista trabajando en mi brazo

Como colofón del día, fuimos protagonistas de una fiesta flamenca en toda regla, en las que Iván y Gonzalo nos deleitaron con sus guitarras birmanas y Alicia y yo acompañábamos con las palmas. Desde luego no teníamos desperdicio y fue uno de los momentos más divertidos del viaje, pero juzgad vosotros mismos por las siguientes fotos:

Los Ecos del Rocío Birmanos

Ecos del Rocío en pleno apogeo

Y así fueron las 15 horas que pasamos en el barco de Mandalay a Bagan, aquel 22 de enero de 2012…La próxima entrada: los templos de Bagan!

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Mandalay y las antiguas ciudades imperiales (19-21.01.12)

El viaje nocturno desde Yangón hasta Mandalay se hizo relativamente corto, aunque fue nuestro primer contacto con el que iba a ser nuestro peor enemigo durante los viajes en autobús en Birmania: el aire acondicionado. Para nuestra sorpresa, al entrar al autobús, vimos como los pasajeros locales se encontraban seriamente abrigados, incluso con guantes y mantas, y estando a veintipico grados fuera la cosa no nos encajaba mucho. Afortunadamente, ya habían advertido a Ali y Gonzalo sobre esto y ellos venían preparados con sacos de dormir y mantas para los cuatro, con lo cual pudimos pasar la noche cómodamente. Pero de cualquier forma, el frío que se pasa en los autobuses birmanos no es normal y nunca entendimos por qué ponen el aire acondicionado tan alto, cuando se ve que a nadie le agrada…

Puente U Bein en Amarapura

Pero la noche nos deparaba otra experiencia sin duda más surrealista. En la primera parada, como a las dos de la madrugada, nos despertaron para bajar del autobus en una estación de servicio. Cuando nuestros ojos todavía luchaban por mantenerse abiertos, de repente se vieron sometidos a la abrasiva intensidad de las luces de neón provenientes de lo que acabamos llamando Las Vegas Birmanas. Se trataba de un lugar insólito donde los estímulos sonoros y visuales provenían de todas direcciones, los vendedores chillaban para atraer clientes por encima de la estridente música electrónica birmano-flamenca, el jardín con esculturas baratas de todo tipo de criaturas: animales, la sirenita, mickey mouse…en fin, un sitio que nos hizo preguntarnos si todavía estábamos durmiendo y aquello no era más que una pesadilla…

Pescadores cerca del puente U Bein. El “longi” también hace las veces de bañador y red!

Al llegar a Mandalay constatamos que Birmania está actualmente viviendo un boom turístico para el que, al menos a nivel de infraestructuras, aún no está preparada. Por un error de comunicación, el hostal que habíamos reservado no había registrado nuestra reserva y aunque sólo eran las 6 de mañana cuando llegamos a Mandalay, nos fue muy difícil encontrar otra alternativa. Mientras yo (Sonsoles) me quedé con las cosas en el primer hostal, Iván, Gonzalo y Alicia se pasaron un par horas visitando todo tipo de hostales hasta dar el único alojamiento disponible: una habitación que afortunadamente era acogedora y grande, pero que deberíamos de compartir los cuatro. Aún así tuvimos mucha suerte porque durante su periplo visitaron todo tipo de zulos, incluido un sitio donde las habitaciones parecían celdas de una prisión!

Después de descansar y salir a comer, nos debatimos entre alquilar unas motos o no, pero al final decidimos que era demasiado arriesgado -influyó el hecho de que Birmania sea una dictadura donde el alquiler de motos a turistas es algo ilegal-. Por eso acabamos utilizando el transporte público para visitar las atracciones que queríamos ver ese día. Todo sea de paso, nos lo pasamos genial en los camiones que hacen las veces de autobus urbano, donde los locales nos miraban con muchísima curiosidad y donde interactuamos con muchos de ellos. También tuvimos una experiencia muy divertida montando en ciclo-ricksaws por la ciudad.

Alicia e Iván en un ciclo-ricksaw por Mandalay

Lo primero que visitamos ese día fue el templo de Mahamuni (Mahamuni Paya). Este templo es el más famoso de Mandalay y un importante centro de peregrinaje en todo el país por alojar al Buddha de Mahamuni, una imagen sagrada y muy venerada por los devotos. Este Buddha es fácilmente debido a la gruesa capa de oro que lo recubre, debido a las aportaciones de los peregrinos (tarea reservada unicamente a los hombres), que pueden adherir hojas de pan de oro a su superficie.

Fieles poniendo hojas de pan de oro en el Buddha de Mahamuni, Mandalay

Lo que más nos gustó de este templo fueron sin embargo sus espectaculares suelos de mármol y los reflejos que se proyectaban en ellos, como se puede ver en esta foto:

Monje budista en el templo Mahamuni, Mandalay

Desde Mahamuni, caminamos por una parte más desconocida de Mandalay, pero que nos encantó gracias a un mercado local y el ambiente que este creaba. Nos perdimos entre los puestecillos de verdura, frutos y pescado seco hasta que llegamos a nuestro siguiente destino, el monasterio de teca de Shwenandaw Kyaung. De este monasterio cabe destacar el ambiente relajado – prácticamente éramos los únicos visitantes, junto con los monjes que allí vivían- y su peculiar arquitectura. El monasterio está construido en estilo todo en madera de teca, en estilo típicamente birmano, destacando los elaborados tallados sobre mitos budistas:

Detalle de los tallados del monasterio Shwenandaw Kyaung en Mandalay

Como queríamos ver la puesta de sol en la colina de Mandalay, tuvimos que negociar los servicios de un “taxista” que nos llevara hasta allí. Llegamos justo a tiempo para disfrutar del ambiente animado de este lugar, conocido por sus vistas panorámicas de todo Mandalay, además de por ser el lugar de encuentro entre jóvenes monjes budistas que buscan mejorar su inglés con los turistas. Al igual que los templos de Shwedagon y Mahamuni, también caben destacar aquí los impresionantes suelos de mármol y los reflejos que proyectaba la luz del atardecer.

Templo en la colina de Mandalay

Joven monje budista practicando inglés en el templo de la colina de Mandalay

Al día siguiente, después de mucho hablar entre nosotros, decidimos finalmente alquilar dos motos para recorrer las tres antiguas capitales imperiales situadas alrededor de Mandalay: Sagaing, Inwa y Amarapura.

Como ya habíamos comprobado en Tailandia, Laos y Camboya, viajar en moto fue una experiencia única y más al compartirla con Alicia y Gonzalo. Recuerdo que al salir de Mandalay, fuimos por la rivera de un río, donde la gente tenía sus puestos de fruta -las deliciosas sandías-, sus tiendecitas, sus anchos caminos con árboles a los lados…todo era precioso, la mañana fresca y soleada…y la sensación de libertad que nos invadió fue inolvidable. Durante el camino, además, todo el mundo nos sonreía, y nos encontramos con gente encantadora, como la de la siguiente foto:

Simpática familia en bici en las afueras de Mandalay

Nuestro primer destino del día fue la colina de Sagaing, donde conseguimos evitar pagar el impuesto del gobierno al pasar por el puente antiguo, y donde visitamos dos templos. El primero, Kaunghmudaw Pagoda, cuya forma evocaba la de un pecho gigante, era una inmensa cúpula dorada. La cúpula, que originariamente era blanca, ha sido recientemente recubierta de pintura dorada por una orden de los militares que hasta hace poco gobernaban Birmania, algo que ha creado mucha polémica y controversia entre la población local y otros birmanos…

Templo en la colina de Sagaing

Alrededor de la cúpula, se congregan numerosos vendedores de souvenirs, entre los cuales se encontraba una joven que quiso pintarnos a Alicia y a mi con el típico maquillaje birmano, el thanakha, hecho con polvo de madera que se consigue al rayar la corteza humedecida y que en Birmania llevan todas las mujeres y niños tanto como por razones culturales y estéticas como para protegerse del sol.

Maquillando a Alicia con thanakha

A continuación, visitamos otro bonito templo de la colina de Sagaing, famoso por su pasillo con numerosas estatuas de Buddha con incrustaciones de cristales:

Estatuas de Buddha en un templo de la colina de Sagaing

Antes de abandonar la zona, probamos nuestra suerte e intentamos buscar alguna tienda de guitarras por las que Sagaing es conocido. Preguntando a gente local, nos indicaron el camino, pero cual no sería nuestra sorpresa cuando no sólo dimos con la tienda, sino que lo que nos encontramos era la propia fábrica de guitarras de Sagaing! La visita a la fábrica fue realmente interesante, ya que se podía ver todo el proceso de fabricación de guitarras de forma totalmente artesanal. Además, Iván había estado queriendo comprarse una guitarra desde hacía tiempo y esta era la ocasión ideal! Como Gonzalo también es un friqui de la música, los dos se hicieron con una pieza cada uno!

Fábrica de guitarras de Sagaing

Leyendas del blues en su busca de nuevos sonidos en Birmania.

Desde Sagaing, recorrimos la corta distancia hasta la especie de embarcadero donde se tomaba la pequeña barca hasta Inwa. Tuvimos la suerte de poder meter las motos en la barca, ya que, en Inwa, todo el transporte se hace con coches de caballo que obviamente, son una pequeña trampa para turistas. Mientras esperábamos la barca, tuvimos que lidiar con las chavalinas vendedoras de souvenirs, que rapidamente aprendían nuestros nombres y nos decían frases del tipo: “cómprame algo, vengaaa Gonzalo”, en perfecto castellano!

En Inwa tuvimos la desafortunada experiencia de tener finalmente que comprar la tarjeta arqueológica de Mandalay y alrededores -algo que queríamos evitar para boicotear al gobierno dictatorial-. A parte de eso, Inwa nos encantó por su naturaleza y su tranquilidad (el único tráfico rodado son los coches de caballos).

Coches de caballos y puestos de souvenirs en Inwa

Nos hubiera encantado poder pasar más tiempo en Inwa, pero el día avanzaba y queríamos llegar a ver la puesta de sol al que es quizá el lugar más especial de nuestro viaje a Birmania: el puente U Bein, en Amarapura, famoso por ser el puente de teca más largo del mundo. Una belleza arquitectónica, 1,2 Km de puente peatonal construido enteramente en madera de teca proveniente de las columnas del antiguo palacio imperial, antes de moverse la capital a Mandalay. La vista de este precioso puente al sol del atardecer nos enamoró! Contemplar a la gente: familias, jóvenes, grupos de monjes…cruzándolo en los dos sentidos, sus siluetas a contraluz por encima de las columnas de teca, supuso una imagen tan especial que no tuvimos otra opción más que volver a la tarde siguiente para poder apreciar una vez más, uno de los atardeceres más bonitos de nuestra vida.

Puente de teca de Amarapura

Sonso en el puente de teca de Amarapura

Bienvenidos a Birmania! Impresiones de Yangón (17-18.01.12)

(Note: for detailed information in English, we have made a kind of diary of our trip to Myanmar here: http://www.lonelyplanet.com/thorntree/thread.jspa?messageID=19593593#19593593)

De los nueve paises que hemos visitado durante estos últimos cinco meses, Birmania es probablemente al que más nos alegramos de haber llegado, precisamente porque casi no llegamos!

Os cuento, pero antes, una fotito introductoria…Bienvenidos a Birmania!!!

Espectacular Shwedagon Paya, en Yangón

Para poneros un poco en situación, nos encontrabamos en Bangkok con nuestros amigos Alicia y Gonzalo, que habían venido de España para pasar las próximas tres semanas con nosotros. Tras pasar dos días en Bangkok para conseguir nuestros visados a Birmania, por fin llegó el día de nuestro vuelo. En principio me acuerdo que hablamos de ir a hacer un poco de turismo esa mañana, pero al final se nos hizo un poco tarde y decidimos simplemente ir a comer a un restaurante al lado de nuestro hostal. Después de comer, recogimos nuestras mochilas y nos pusimos rumbo al aeropuerto. Yo no sé si pensamos que teníamos tiempo de sobra, o si simplemente subestimamos el tiempo que se tarda en recorrer una inmensa ciudad como Bangkok, pero el caso es que practicamente nada más salir del hostal, nos empezamos a dar cuenta de que ibamos muy pillados de tiempo…Primero atravesamos la ciudad en barco para coger un tren directo al aeropuerto, y ya antes de subir al tren teníamos la absoluta certeza de que la posibilidad de perder el avión no era tan remota. Una chica nos dejó su móvil para intentar hacer la facturación por internet, pero ya era demasiado tarde, habían cerrado la facturación on-line hacía 5 minutos! El trayecto del tren al aeropuerto se hizo eterno, los cuatro con unas caras…no nos podíamos creer que hubieramos desaprovechado toda la mañana para luego perder el vuelo!! Al llegar al aeropuerto, Alicia y yo nos quedamos con las mochilas mientras que Iván y Gonzalo se adelantaban corriendo hasta el mostrador de facturación. Nosotras entretanto cogimos el ascensor, que tardó infinito y se paraba en cada piso, hasta el tercer piso, donde estaban los mostradores de todas las compañias. Me acuerdo de mirar las pantallas y ver el siguiente mensaje en nuestro vuelo: “gate closed”. Ya era una realidad, habíamos perdido el vuelo…pero, de repente, Iván salió de la nada, gritando: “las mochilas, las mochilas, venga que nos dejan pasar”. Después nos enteramos de que Iván y Gonzalo habían insistido tanto al personal de la compañía, que éste al final había accedido a dejarnos pasar con todas las mochilas como equipaje de mano. A partir de ahí todo fueron carreras, controles de tarjeta de embarque, de pasaportes y de seguridad, todo a tiempo record, saltándose las colas donde nos dejaban! Lo peor fue que en seguridad nos quitaron varias cosillas, entre otras cosas la navaja suiza que yo le había regalado…pero en fín, mereció la pena porque al menos, nos ibamos a Birmania!!!

Me acuerdo que el vuelo se hizo muy corto, y cuando nos quisimos dar cuenta, ya estabamos viendo el enorme delta a la llegada a Yangón. Era un atardecer soleado y precioso y lo primero que pensé al divisar tierra birmana fue que todo era super rural: tan sólo se veían campos de cultivo en todas las direcciones!!  Menuda diferencia con su vecina Tailandia! Al aterrizar, nos asombró el jaleo que formaban los pájaros nada más salir del aeropuerto, que al parecer es algo muy típico de Birmania, y es que el volumen al que pían esos pájaros es algo sobrenatural.

Como habíamos acordado con el hotel de la primera noche, nos vinieron a recoger al aeropuerto en coche, y la verdad que no tener que “buscarse la vida” al llegar a un país nuevo es una gozada, siempre que os ofrezcan la posibilidad, y si no es muy caro, valorad seriamente esta opción en cualquier país del sudeste asiático. El hombre que nos recogió era bastante majo y nos contó bastantes cosillas del país, incluyendo los cambios que estaba habiendo ultimamente y mencionando la cantidad de turistas que estaban llegando al país durante los últimos meses (algo que ya habíamos podido comprobar por la cantidad de turistas en la embajada de Birmania en Bangkok). De Yangón nos sorprendió mucho a todos lo desarrollado que estaba, la cantidad de edificios mastodónticos que había, además de todas las luces y carteles…creo que nos lo esperábamos más tranquilo y más rural…

Alicia, Gonzalo e Iván a la entrada del hotel Three Seasons en Yangón

Nuestro hotel se llamaba Three Seasons Hotel y la dueña era una señora muy maja que nos ayudó con todo, desde recómendarnos un sitio sencillo y bueno para cenar hasta prestarnos algo de dinero que le devolveríamos al día siguiente cuando cambiaramos. Uno de los chicos del hotel nos acompañó al restaurante y me acuerdo que nos encantó el hecho de cenar en una terracita en la calle y de tomarnos nuestra primera cerveza birmana. La cena nos supo a todos riquísima, en parte por el subidón que teníamos de estar en Birmania después de todo el estrés del aeropuerto. Tras la cena, probamos el “tabaco de mascar birmano”, algo más elaborado que el de Bután, ya que tenía todo tipo de especias mezcladas con la nuez y la lima. El tabaco lo preparaban en la calle, en un puestecillo sencillote justo al lado del restaurante, y al quedarnos mirándolo, fueron unos señores locales los que nos animaron a probarlo. Nos echamos unas risas tremendas con esta experiencia, entre las emociones del día y la cerveza que llevabamos encima, no podíamos aguantar la risa al vernos la lengua teñida toda de rojo (hay fotos, pero son demasiado ridículas como para colgarlas aqui!).

Tabaco de mascar birmano

Al día siguiente, tras degustar uno de los mejores desayunos del viaje -parecido a los desayunos cubanos, con fruta fresca, tortitas, tostadas, café y zumo-, nos pusimos en marcha hacía el mercado de Bogyoke Aung San, donde teníamos que cambiar nuestros dólares a moneda birmana: los kyats. El paseo desde el hotel al centro nos encantó, en parte por la arquitectura colonial de la ciudad, pero sobretodo por la simpatía de la gente, que nos sonreía por la calle y se interesaba por nosotros. De hecho, Alicia y yo estuvimos conversando con una señora birmana super simpática sobre ella y sus hijos, y aunque la mujer no hablaba mucho inglés, nos apañábamos para entendernos perfectamente!

Arquitectura colonial en Yangón

Nuestra primera amiga birmana, en Yangón

Llegamos al mercado sin problemas y una vez allí, tardamos un par de horas hasta que cambiamos el dinero, porque queríamos asegurarnos de que nos lo cambiaba alguién de fiar y de que la tasa de cambio era buena. Siguiendo las recomendaciones de un amigo alemán, preguntamos en unas diez joyerías, y al final volvimos a la que nos daba el mejor cambio. Contamos el dinero (si no recuerdo mal nos dieron unos 800 y pico kyats por dolar cambiado, y cambiamos dinero para unas tres semanas, asi que haced el calculo…sí, sí, pedazo de fajo!) una vez cada uno para que no nos timaran y cuando lo teníamos todo contado y recontado, lo repartimos y guardamos en distintos sitios, y nos fuimos a comer.

Mercado Bogyoke Aung San, en Yangón

Como en los alrededores del mercado no nos convencía ningún sitio, acabamos llendo a un sitio que recomendaban en nuestra guía y que estuvo muy bien. Aunque salía en la guía, el sitio era muy para la gente de allí, aunque hablaban algo de inglés y nos supieron decir qué era más o menos cada cosa (el restaurante era tipo buffet) y los precios. Comimos pescado en salsa y una guarnición de maíz, que nos supo muy rico, aunque a Alicia le costó un poquito porque todo estaba un poco picante.

Después de comer, Gonzalo e Iván se fueron a mirar una tienda de música, mientras que Alicia y yo fuimos al barrio de los libreros, a ver si encontrábamos algún libro sobre Birmania, qué yo quería comprar, y de paso, investigábamos si había algún libro clandestino de “la dama”. Finalmente no tuvimos mucho éxito en nuestras investigaciones, pero yo sí que encontré el libro Cronicas Birmanas, famosa obra de Orwell ambientada en el norte del país.

Rapidamente nos juntamos con los chicos porque se nos estaba haciendo tarde y no queríamos perdernos el atardecer en Shwedagon, la estrella de cualquier visita a Yangón. Shwedagon es un conjunto de templos al norte de Yangón, presidido por la Shwedagon Paya, una estupa de unos 100 metros de altura recubierta de pan de oro. Este complejo budista es uno de los más sagrados del país y un flujo constante de peregrinos rodean el monumento practicamente a cualquier hora del día.

Complejo de Shwedagon, en Yangón

La luz del atardecer era fantástica y todo resplandecía con los últimos rayos del sol. Solamente el pasear y observar a la gente era ya un espectáculo en sí y recuerdo haber deseado tener más días en Yangón para volver a este sitio tan especial. Es una sensación parecida a la que tuve en el Templo Dorado de Amritsar, en India, que al igual que Shwedagon, me transmitió mucha espiritualidad.

Complejo de Shwedagon, en Yangón

Una de las cosas más curiosas que recuerdo de esa tarde es el regimiento de limpiadoras voluntarias que, de repente y entre risas, se pusieron a barrer toda la superficie del suelo de marmól, todas a la vez!

Limpiadoras voluntarias de Shwedagon

Después de pasear alrededor del complejo durante al menos una hora, Alicia, Gonzalo, Iván y yo nos sentamos, junto con otros peregrinos, a observar cómo los distintos edificios del complejo se iban iluminando, unos con más gusto que otros, a medida que anochecía. Pero no tuvimos tiempo de entretenernos mucho, ya que esa misma noche cogeríamos un autobus nocturno que nos llevaría a nuestro siguiente destino, Mandalay.

Pero eso ya lo cuento en la próxima entrada, que ahora hay que irse a dormir…